La niebla se espesaba a cada paso mientras de mi interior
sentía salir una inminencia muy grande de creaciones literarias y plásticas –que
constituirían el cuerpo de mi futura obra– como en un despliegue inaudito del
tiempo en el que la literalidad y la realidad coincidían de una indistinta
manera.
El niño subnormal. Encuentra libélulas. Nace a la
intemperie y en un arañazo vuelve oscura la tierra. Sobre sus ojos hay un humo
que bota en nociones orquestadas como las ramas arman el árbol hacia sus
límites.
La fachada brillaba con las ventanas de
cristales muy limpios. En una de esas ventanas debería aparecer en algún
momento el hombre al que me pagaban por vigilar. No supe de sus intenciones
suicidas hasta demasiado tarde. Me había atrevido a dar la vuelta a la manzana
al observar provenientes del otro lado de la calle clientes de un puesto de
bocadillos llenándose la barriga mientras yo seguía sin desayunar. Cuando regresé
a mi puesto de vigilancia vi al sujeto con la cara reventada en el asfalto. Solo
luego supe (por los vecinos) que era efectivamente el objeto de mi acecho. A mis
jefes les dije que vi como caía y que no tuve tiempo de reaccionar pues vino
corriendo desde el fondo de la casa y se lanzó con gran impulso tan callado
como un muerto. Es lo que oí decir. La distancia de la fachada a la que calló
el finado hacía pensar efectivamente en un salto casi acrobático. Murió
batiendo records.
También gracias a los vecinos, sobre todo
a una vecina, me enteré de que no había sido ese el único salto conocido hecho
desde esa ventana. Por lo visto tenía la ventana un historial abultadillo de
piruetas repentinas e inexplicables, todas muy silenciosas hasta el momento
justo del impacto, que sonaba lo suyo.
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