Cuando mi imaginación dejó de ser fértil precisé idear procedimientos que me permitieran poner en marcha mecanismos pseudoimaginativos con los que seguir escribiendo novelas para las que ya había dejado de tener la facilidad de la juventud. Mis lectores esperaban mi novela anual como agua de mayo y no podía fallarles. Me di cuenta enseguida de que también me faltaba imaginación para crear estos procedimientos y antes de caer en la ridiculez de ir profundizando en mis carencias para darme cuenta de que tampoco podía encontrar la manera de crear pseudoprocedimientos pensé en un sorprendente rapto de imaginación que un ser pseudohumano lleno de dolor dedicaba sus días desde hacía siglos a hacer desaparecer a gente como yo que en un momento dado lo deseaba hasta tal punto (desaparecer) que lo atraían. Y en ese momento apareció delante de mí, pero volvió a desaparecer de inmediato porque imaginármelo había hecho posible que yo ya no deseara desaparecer sino escribir su historia, la historia de Tragamán. Sin embargo, ese nombre, Tragamán, era horrible.
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